sábado, 20 de febrero de 2010
viernes, 19 de febrero de 2010
"Ideas"
La Partícula
La muchacha aguardaba en su habitación, nadie sabe qué, nadie sabe por qué. Junto a su cama, una pequeña radio aguarda junto con ella un destino incierto. Resuena la melodía de inicio del programa, y junto con ella, la del charlatán que habla con la fiereza de una bestia rabiosa.
En aquél pequeño mundo ya no quedaba nada más por hacer. Cada quien tenía algo que decir o qué contar; todos, muy en el fondo, sentían que se encontraban en el centro del universo y que sus innumerables avances eran maravillas universales.
Por muy raro que parezca, en el pequeño mundo la gente era demasiado grande, así que si uno quería asomarse para ver a dónde se iba el Sol cuando atardecía, bastaba con pararse sobre una silla y mirar hacia el horizonte. No había mucha gente ni mucho que ver. Todo era frío y húmedo.
Llovía en la tarde en que la muchacha contemplaba en la imaginación la silueta del charlatán; podía sentir su voz recorrerle el cuerpo y con cada palabra falsa ella simplemente asentía con la cabeza, aún cuando ella sabía que el hombre estaba en lo incorrecto. Ella no creía en nada ni en nadie, tenía diecisiete años y a los cinco ya era huérfana de padre y madre. Vivía con su tío, quién nunca tuvo tiempo para casarse o para buscar amigos. Él la quería y la protegía sobre todas las cosas.
Esa misma noche se disponía a escuchar a su charlatán cuando logró percibir claramente el metódico andar de un soldado; se acercó a su ventana... ella temió. Y de pronto, sintió claramente como si cayera al vacío, y vió cosas horribles. Luego de un rato despertó y vió al mismo soldado, alto, fornido, junto a su cama y preguntó qué fué lo que le pasó. Qué no sabía, replicó el soldado. Estamos en guerra, en guerra, reafirmó el soldado. Guerra por qué, dijo la muchacha, y el soldado no contestó. Pues guerra como todas, guerra para matar, guerra para ganar. Y los hombres del pequeño mundo lloraron. Pero la muchacha estaba ahí por otra razón. Ella había visto la verdad dentro de su sueño, la verdad por la que todos sangraban, torturaban, mataban. Pero ella no habló, no habló con nadie. Sólo con el soldado.
El Caos
Llovía. La muchacha no sabía cuánto tiempo llevaba en su cama. Era como si su cuerpo no le perteneciera. Ni siquiera veía a su tío, pero a ella no le importaba. Sabía que de una u otra forma moriría ahí, aislada, hablando sólo con un ser monótono, casi inmóvil. Su mundo, pequeño y de gente gigante, nunca había estado en guerra. Siempre era igual, frío y húmedo.
Apenas y comía. No se bañaba y tampoco caminaba. Aún recordaba las atrocidades que había visto días antes. Su mundo y todo lo que lo habitaba, incluidos los propios humanos eran más pequeños de lo que siempre creyeron. Había algo más grande sobre sus cabezas, pero nadie era lo suficientemente inteligente para comprenderlo. Tengo que lavarme, pensaba. Pero no puedo hablar ahora, éstos estúpidos no entienden lo que les rodea.
Luego de meditarlo se decidió a hablar, primero frente al soldado, luego frente al mundo. Enloquecieron. Cómo se le ocurría a la muy chiflada que su mundo, su húmedo y grandioso mundo sería tan pequeño como para que hubiese millones de cosas mucho más grandes y bellas que el. Loca. Ingenua. Ridícula. Quien le haya dicho eso debe ser un maniaco. Sólo empeoraron las cosas. Cada día había más personas y el mundo parecía hacerse más pequeño. Si hubiese un montón de mundos tan húmedos como o más que ese, la vida sería distinta. Si hubiese. Si hubiese.
La Verdad
La muchacha sentía miedo, por ella misma y por su mundo. Y si era verdad que eran únicos, y si era verdad el cuento del aislamiento. Fue el soldado quien le hizo ver la verdad, que no sólo estaban ellos en su frío y humedad, que había algo más, y alguien siempre vigilando. La guerra recrudeció y pronto fue imposible observar el atardecer y el lugar al que se iba el sol. El polvo que provocaban los explosivos oscureció tanto la atmósfera que pronto el frío dejó de ser un privilegio. Quién no murió en la guerra murió de hambre o de frío, o quizá de ambas. Si hubiesen sabido, dijo la muchacha, Si hubiesen sabido. Ella no volvió a ver a su tío, su adorado viejo que tantas veces le contó historias de su planeta, suposiciones que todos tomaban por leyes. Cuando los hombres de aquél antiguo país, esa bola de apáticos tuvieron algo qué hacer, terminaron destruyendo lo poco que les quedaba. Poco importaba lo que la chiflada dijera, a nadie le interesaba lo que una muchachilla dijera, bien valía si alguien terminaba con ella o no, porque casi no comía y no le quitaba la vida a nadie. Fueron días terribles para los hombres de aquél tiempo, Horacio.
La Huida
No fue su culpa no saber. Ellos pudieron huir o pudieron continuar con la guerra, como justamente hicieron. Pero lo que no pudieron hacer fue darse cuenta de que ellos no eran muchos, sino de que simplemente estaban ambicionando más, y al ser así, se hundieron en su egocentrismo y no notaron que realmente estaban acompañados, tal como decía la muchacha. Pero qué sucedió con la muchacha, preguntó interesado Horacio. Mi más fiel alumno, la muchacha huyó, pero no de su mundo: ella huyó de su realidad, donde cada cual se fijaba en sí mismo y no en lo que le rodeaba; ella se fue y abandonó todos sus pensamientos, y los dejó aquí, para que tú y yo conozcamos su historia y la fea manera en que ignorada. Porque al final, ninguno de los habitantes del antiguo planeta fue capaz de valorar que eran infinitamente pequeños para poder observar lo infinitamente grande.
La muchacha aguardaba en su habitación, nadie sabe qué, nadie sabe por qué. Junto a su cama, una pequeña radio aguarda junto con ella un destino incierto. Resuena la melodía de inicio del programa, y junto con ella, la del charlatán que habla con la fiereza de una bestia rabiosa.
En aquél pequeño mundo ya no quedaba nada más por hacer. Cada quien tenía algo que decir o qué contar; todos, muy en el fondo, sentían que se encontraban en el centro del universo y que sus innumerables avances eran maravillas universales.
Por muy raro que parezca, en el pequeño mundo la gente era demasiado grande, así que si uno quería asomarse para ver a dónde se iba el Sol cuando atardecía, bastaba con pararse sobre una silla y mirar hacia el horizonte. No había mucha gente ni mucho que ver. Todo era frío y húmedo.
Llovía en la tarde en que la muchacha contemplaba en la imaginación la silueta del charlatán; podía sentir su voz recorrerle el cuerpo y con cada palabra falsa ella simplemente asentía con la cabeza, aún cuando ella sabía que el hombre estaba en lo incorrecto. Ella no creía en nada ni en nadie, tenía diecisiete años y a los cinco ya era huérfana de padre y madre. Vivía con su tío, quién nunca tuvo tiempo para casarse o para buscar amigos. Él la quería y la protegía sobre todas las cosas.
Esa misma noche se disponía a escuchar a su charlatán cuando logró percibir claramente el metódico andar de un soldado; se acercó a su ventana... ella temió. Y de pronto, sintió claramente como si cayera al vacío, y vió cosas horribles. Luego de un rato despertó y vió al mismo soldado, alto, fornido, junto a su cama y preguntó qué fué lo que le pasó. Qué no sabía, replicó el soldado. Estamos en guerra, en guerra, reafirmó el soldado. Guerra por qué, dijo la muchacha, y el soldado no contestó. Pues guerra como todas, guerra para matar, guerra para ganar. Y los hombres del pequeño mundo lloraron. Pero la muchacha estaba ahí por otra razón. Ella había visto la verdad dentro de su sueño, la verdad por la que todos sangraban, torturaban, mataban. Pero ella no habló, no habló con nadie. Sólo con el soldado.
El Caos
Llovía. La muchacha no sabía cuánto tiempo llevaba en su cama. Era como si su cuerpo no le perteneciera. Ni siquiera veía a su tío, pero a ella no le importaba. Sabía que de una u otra forma moriría ahí, aislada, hablando sólo con un ser monótono, casi inmóvil. Su mundo, pequeño y de gente gigante, nunca había estado en guerra. Siempre era igual, frío y húmedo.
Apenas y comía. No se bañaba y tampoco caminaba. Aún recordaba las atrocidades que había visto días antes. Su mundo y todo lo que lo habitaba, incluidos los propios humanos eran más pequeños de lo que siempre creyeron. Había algo más grande sobre sus cabezas, pero nadie era lo suficientemente inteligente para comprenderlo. Tengo que lavarme, pensaba. Pero no puedo hablar ahora, éstos estúpidos no entienden lo que les rodea.
Luego de meditarlo se decidió a hablar, primero frente al soldado, luego frente al mundo. Enloquecieron. Cómo se le ocurría a la muy chiflada que su mundo, su húmedo y grandioso mundo sería tan pequeño como para que hubiese millones de cosas mucho más grandes y bellas que el. Loca. Ingenua. Ridícula. Quien le haya dicho eso debe ser un maniaco. Sólo empeoraron las cosas. Cada día había más personas y el mundo parecía hacerse más pequeño. Si hubiese un montón de mundos tan húmedos como o más que ese, la vida sería distinta. Si hubiese. Si hubiese.
La Verdad
La muchacha sentía miedo, por ella misma y por su mundo. Y si era verdad que eran únicos, y si era verdad el cuento del aislamiento. Fue el soldado quien le hizo ver la verdad, que no sólo estaban ellos en su frío y humedad, que había algo más, y alguien siempre vigilando. La guerra recrudeció y pronto fue imposible observar el atardecer y el lugar al que se iba el sol. El polvo que provocaban los explosivos oscureció tanto la atmósfera que pronto el frío dejó de ser un privilegio. Quién no murió en la guerra murió de hambre o de frío, o quizá de ambas. Si hubiesen sabido, dijo la muchacha, Si hubiesen sabido. Ella no volvió a ver a su tío, su adorado viejo que tantas veces le contó historias de su planeta, suposiciones que todos tomaban por leyes. Cuando los hombres de aquél antiguo país, esa bola de apáticos tuvieron algo qué hacer, terminaron destruyendo lo poco que les quedaba. Poco importaba lo que la chiflada dijera, a nadie le interesaba lo que una muchachilla dijera, bien valía si alguien terminaba con ella o no, porque casi no comía y no le quitaba la vida a nadie. Fueron días terribles para los hombres de aquél tiempo, Horacio.
La Huida
No fue su culpa no saber. Ellos pudieron huir o pudieron continuar con la guerra, como justamente hicieron. Pero lo que no pudieron hacer fue darse cuenta de que ellos no eran muchos, sino de que simplemente estaban ambicionando más, y al ser así, se hundieron en su egocentrismo y no notaron que realmente estaban acompañados, tal como decía la muchacha. Pero qué sucedió con la muchacha, preguntó interesado Horacio. Mi más fiel alumno, la muchacha huyó, pero no de su mundo: ella huyó de su realidad, donde cada cual se fijaba en sí mismo y no en lo que le rodeaba; ella se fue y abandonó todos sus pensamientos, y los dejó aquí, para que tú y yo conozcamos su historia y la fea manera en que ignorada. Porque al final, ninguno de los habitantes del antiguo planeta fue capaz de valorar que eran infinitamente pequeños para poder observar lo infinitamente grande.
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